jueves, 15 de marzo de 2018

69.- Palabras de Juan Lamillar sobre "El desierto, la arena".

     En el ya bastante lejano 1988 hablaba Muñoz Molina de El buzo incorregible, de José Carlos Rosales, como “el primer fruto de una audacia que sin duda se prolongará en otros libros futuros, no sé si más hermosos pero sí, tal vez, más radicales y más sabios”. Esos libros futuros que ahora son pasado se llamaron El precio de los días (1991), La nieve blanca (1995) y El horizonte (2003), en el campo de la poesía, y Mínimas manías (1990) en el de la prosa.
     Un futuro pasado y, como se ve por las fechas, pausado que conforma una obra singular que alcanza el presente con este El desierto, la arena. Quiere convencernos el autor de la rareza del libro llamando la atención sobre lo más exterior, lo que nos llega de inmediato, que es el título, un título que contiene una coma, uso bastante raro en la poesía española, y el mismo José Carlos Rosales nos recuerda el antecedente de Cernuda: Un río, un amor… Pero más allá de la anécdota, de esta manía tan mínima como una coma, lo verdaderamente raro es su condición de libro reflexivo, de una profundidad que no abunda en la poesía actual, y menos aún expuesta con una claridad expresiva que evita el discurso lento y largo y aburrido en el que tantas veces cae una poesía que quiere “pensar”.
     El desierto, la arena es un libro unitario, de gran coherencia interna, con poemas que se entrecruzan y se complementan, apoyados siempre en unas líneas maestras que son el miedo, la huida, el olvido y el vacío. Como queda patente, estamos ante palabras “serias”, unas palabras que van adquiriendo, a medida que avanzan las páginas, categoría de símbolos y que dan sentido a poemas que son como variaciones musicales (una música austera) sobre esos temas dados.
     La reflexión que plantea el libro nace de una mirada atenta sobre la realidad del hombre contemporáneo, a la que seguramente no es ajena la dedicación de José Carlos Rosales al columnismo, con esa obligación voluntaria de atender y desentrañar lo cotidiano. Esa misma tarea es la que se quiere más permanente en el poema, con la intención, manifestada por su autor, de que “el hombre del futuro conozca algunos aspectos del tiempo que nos ha tocado vivir”.
     El desierto, la arena es, pues, un libro que no emplea la palabra como evasión o adorno sino como testimonio de un mundo desesperanzado e intolerante, de una época que ve cómo se vienen abajo ideales que creíamos firmes. Y esto, los poemas nos lo dicen desde la reflexión y no desde la imprecación. Son poemas que inquietan, pero no desde la truculencia sino desde la serenidad de fondo, tono y expresión.
     Libro escrito durante cinco años y estructurado en cinco partes, en el título de dos de ellas aparece el miedo: “Las cenizas del miedo” y “Miedo rentable”. Con precisión de analista, José Carlos Rosales va dibujándonos la presencia del miedo en el individuo y en la sociedad con versos que se apropian de la rotundidad de las sentencias: “Sin la historia del miedo no hay historia”, “Con las rentas del miedo se fundan / las mentiras del mundo…”
    Las mentiras del mundo, pero también su música, aunque esta música del mundo aparezca como enmascaradora de la propia conciencia, y a veces no sea ni siquiera música sino ruido, un ruido que apaga las voces de los que sufren la situación y las de los que la denuncian. El dolor está visto aquí como un destierro de la vida y la imagen del mundo es el mar oscuro, y con su espuma “sólo nos llega / la ficción de la historia, fantasías / para aplazar la muerte”. Enlaza aquí José Carlos Rosales con la visión que de la poesía tienen un Joan Vinyoli o un Juan Luis Panero, que emplearon la misma imagen para hablarnos de su difusa utilidad.
    Aunque pudiera pensarse en un libro demasiado abstracto, aparecen en él continuas referencias a la naturaleza: viento, arroyo, nube, roca, duna… “La montaña de arena, almacén de ceniza / donde el miedo envejece…”, es un mínimo fragmento que podría resumir los elementos dispersos y repetidos que encontramos: arena, ceniza, miedo…
     Como despidiéndose de la aridez de su título, el último poema está “Escrito en otro sitio” y en él es continua la presencia del agua, como si el poeta quisiera, en este ágil adiós, refrescar con la esperanza (esa fuente, esas campanas) el paisaje desolado que nos ha ido mostrando. Hay un giro último, pero tampoco nos dejemos engañar: “el corazón descansa” pero “el pensamiento sigue”.
      José Carlos Rosales no es partidario del hermetismo ni de la oscuridad en el lenguaje y consigue, con el uso de palabras sencillas, presentar su mundo con un toque que a veces resulta inquietante. No es este un libro de lectura fácil. Encierra una poesía de pensamiento pero tiene el mérito de rehuir las abstracciones y las confusiones. Aquí la claridad de los versos está al servicio del misterio. Son muchas las imágenes que permanecen en la memoria y ayudan a crear un clima cerrado y persistente: una atmósfera.
     Jorge Luis Borges imaginó su libro de arena con “un número de páginas exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última” y están numeradas de un modo arbitrario. Nada hay de arbitrario en este libro de construcción tan clara y meditada. Predica José Carlos Rosales, no en el desierto, sino su desierto, y lo hace no con el énfasis caduco de la oratoria sino con la calculada austeridad de una convincente conversación a media voz.
     Frente a tanto libro hueco, El desierto, la arena contiene una poesía de rara intensidad, nada complaciente, que abre los ojos al lector y le invita a un proceso de re-conocimiento. Frente a los tantos desequilibrios e injusticias de la sociedad actual, el hecho de la poesía, de escribirla y de leerla, constituye un refugio. El que lo habita o lo frecuenta goza, pues, de esas estancias en “un pequeño país tan improbable / que no tiene palacios ni banderas, / un pequeño país / que no viene en los mapas”.




[Juan LAMILLAR, "Radiografía del miedo",
Clarín, Revista de Nueva Literatura, Oviedo, enero de 2006, páginas 72-73]


Juan Lamillar y José Carlos Rosales
(Sevilla, España, 19 de mayo de 2006)





viernes, 23 de febrero de 2018

67.- Acordes de Enrique Moratalla para un poema de "El horizonte".




                 

                                  


     Al poco tiempo de publicarse El horizonte (2003), mi amigo el músico Enrique Moratalla me llamó por teléfono y me preguntó que si yo tendría algún inconveniente en que le pusiera música a uno de los poemas de ese libro, me dijo que le gustaba mucho "Ojos que dicen cosas", sólo que no sería música de samba. Naturalmente acepté su generoso ofrecimiento, confiaba en su buen hacer y además, ya se sabe, a los amigos siempre hay que decirles que sí. Pasaron los meses y un día nos citamos para otra cosa: me traía un regalo, acababa de salir Fabiola 11 (2004), su segundo disco, y me lo dio. La cuarta canción de aquel disco se titulaba "Ojos que dicen cosas". Y aquí está ahora esa canción, ese poema.







                     

martes, 6 de febrero de 2018

sábado, 27 de enero de 2018

65.- Un poema de "La nieve blanca"con un dibujo de Joaquín Araujo y Ruano.

"Paisaje nevado" [Imagen de Joaquín Araujo y Ruano (Ciudad Real, 1851-Madrid, 1984)]




ANTICUARIO

El rastrillo que quita la nieve del camino,
unos guantes de lana empapados, deshechos.

Los trineos de madera, un gorro viejo y sucio,
y una foto amarilla en un parque nevado.

Las manos cuando hacían un muñeco de nieve,
los surcos que las ruedas dejaban en el hielo.

La pala que amontona la nieve en el arcén
y otras piezas antiguas cuyo nombre se olvida.

José Carlos Rosales
(De La nieve blanca, Ed. Pre-Textos, Valencia, 1995)




lunes, 15 de enero de 2018

63.- Palabras de Alfonso Lázaro sobre "El buzo incorregible".



Alfonso Lázaro, "El buzo incorregible o la tarea de ver sumergido"
(revista Campus, Universidad de Granada, Granada, nº 29, febrero de 1989)



jueves, 11 de enero de 2018

61.- Palabras de Antonio Muñoz Molina sobre "La nieve blanca".






MUÑOZ MOLINA, Antonio, "La enciclopedia de la nieve", El País, Madrid, diciembre, 1995.
[Este artículo está recogido en el libro de AMM La Huerta del Edén (Madrid, 1996, pp. 115-118)]



domingo, 24 de diciembre de 2017

60. Un blues con "La nieve blanca"

 
    
          La primera sección de La nieve blanca ("Índice de valores") se abría con una cita de un viejo blues, "Chain Gang Trouble", del cantante y guitarrista Charley Lincoln (Georgia, Estados Unidos, 1900-1963). Aquel verso era "Nothing I can't get but bad news", es decir, 'sólo tengo malas noticias' o 'lo único que me llegan son malas noticias'. De ahí que el primer poema de ese libro fuera en cierta medida un blues, aunque también en otros poemas de La nieve blanca podrían rastrearse cadencias y atmósferas muy relacionadas con esa hermosa música nacida en los suburbios afroamericanos del sur de los Estado Unidos. Ya se sabe que en este tipo de canciones abundan las referencias bíblicas y así ocurre con el blues de Charley Lincoln: sus malas noticias parecen ser las mismas a las que se refiere el salmo 112 del  libro de los Salmos: "Feliz el hombre [...] que lleva sus negocios con equidad [...], [porque] no ha de temer malas noticias". Esa idea de las malas noticias nunca dejó de estar presente en mis libros; por ejemplo, en El horizonte ("Blues del horizonte"), en El desierto, la arena ("El miedo y la huida") o, incluso, en Si quisieras podrías levantarte y volar ("[…] pasan los días y pasan los periódicos, / pasaron las noticias / que cambiaron el mundo, / pasaron amenazas, promesas, / pasaron como pasan las aguas bajo el puente, / las nubes por el patio, / la nieve en la ladera: se derrite y la tierra / sigue siendo la misma, más o menos la misma").
       Aquel penetrante blues de Charley Lincoln se grabó en Atlanta el 4 de noviembre de 1927. Hace poco más de un mes que se cumplieron los primeros 90 años de aquella rudimentaria grabación. Sirvan estas líneas para recordar una época, una canción, un dolor.

Letra del Blues "Chain Gang Trouble"
Charley Lincoln
       

La nieve blanca (Ed. Pre-Textos, Valencia, 1995, pág. 15)
El desierto, la arena (Vandalia, Sevilla, 2006, pág. 87)
El horizonte (Ed Huerga y Fierro, Madrid, 2003, pág. 55)

martes, 21 de noviembre de 2017

59.- Palabras de Antonio Jiménez Millán sobre "El desierto, la arena".


[ Antonio JIMÉNEZ MILLÁN, “Viento sobre la arena”,
El Maquinista de la Generación, nº 12, noviembre 2006, pp. 211-212]



José Carlos Rosales
durante la presentación de El desierto, la arena
(Feria del Libro de Málaga, 28 de mayo de 206)





lunes, 6 de noviembre de 2017

58.- Palabras de Alfonso Sánchez sobre algunos libros de José Carlos Rosales.

Durante las últimas semanas, me subí al autobús casi a diario con un par de libros de José Carlos Rosales en el maletín funcionarial. Si en la radio, siempre a todo volumen, una locutora me invitaba a ir al médico para que me tocasen la… próstata, yo abría El buzo incorregible y leía: “El enfermo examina su tiempo con desgana”; y paladeando ese verso, llegaba vivo al trabajo [...].

viernes, 15 de septiembre de 2017

57.- Un poema de "El horizonte" para una exposición de Julio Juste.

Durante el verano de 1992, mi amigo el pintor Julio Juste me invitó a colaborar con él en la exposición que en aquellos momentos estaba preparando por encargo del Servicio de Promoción Cultural de la Universidad de Sevilla. Me pidió un poema para el catálogo, uno que girara alrededor del tema central de la muestra: el culto a la muerte y la muerte en la tradición cultural o mitológica. Yo escribí el poema y Julio Juste lo incluyó en el catálogo como texto de presentación. Siempre se lo agradecí. Años más tarde, con escasas variaciones, aquel poema se publicó (dedicado, naturalmente, a Julio Juste) en El horizonte.  




















Algunas páginas del catálogo

de la exposición "Discípulo meridional del Giotto" de Julio Juste
(Septiembre-octubre de 1992, / Antigua Fábrica de Tabacos, Universidad Hispalense, Sevilla)



domingo, 20 de agosto de 2017

56.- Un poema de "El horizonte" para unas fotos de Juan Ferreras.



     Corría el verano de 1998 y mi buen amigo y mejor fotógrafo Juan Ferreras me pidió un texto para la exposición a la que estaba dedicando sus esfuerzos por aquellas fechas. Bajo el título de "Los honorables", su autor buscaba reunir imágenes de los músicos callejeros de Granada y, también, de algunos de los mendigos y vendedores ambulantes que recorrían sus calles en aquellos días. Con este trabajo se intentaba mostrar un profundo desacuerdo con el intento municipal (fallido) de apartar a los mendigos de las calles más céntricas de la ciudad en las vísperas del Campeonato Mundial de Esquí de 1996. Acepté el encargo y escribí el poema "Marinería", que apareció en el catálogo de la exposición junto a otros textos de Luis García Montero, Ángeles Mora y Antonio Muñoz Molina (Los honorables, Juan Ferreras, Museo Casa de los Tiros, octubre de 1998, Granada). Más tarde, en el año 2003, incluí dicho poema en el libro de El horizonte.