53.- Palabras de Francisco Díaz de Castro sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).

El horizonte / Francisco Díaz de Castro

[El Mundo, El Cultural, Madrid, 24 de julio de 2003, pág. 12]

     A lo largo del ciclo que forman sus tres libros anteriores, El buzo incorregible (1988), El precio de los días (1991) y La nieve blanca (1995), José Carlos Rosales (Granada, 1952) ha ido construyendo su obra poética como un esfuerzo continuado de su personaje por alcanzar formas de lucidez sobre la inestabilidad de la conciencia y el desorden de la vida cotidiana, con sus discontinuidades, sus alteraciones, sus perspectivas engañosas.
     Sin insistencias anecdóticas, sin desarrollos narrativos amplios, sus poemas apuntan a extraer conocimiento de lo efímero y lo ilusorio que se desvanece, a consignar la crónica del desengaño, una crónica seca, fragmentaria, minimalista a veces, en la que entre paradojas y evidencias, sólo se salva la cierta voluntad de resistencia de su personaje. Tras ocho años de silencio el poeta parece iniciar con El horizonte una nueva etapa en la que ni el intimismo ni las coordenadas de su poética son distintas, pero en la que encontramos tonos y desarrollos nuevos, con una emoción menos refrenada, con un más amplio despliegue imaginativo de la reflexión sentimental, con una ironía que desemboca en abierto sarcasmo y con la reivindicación de ciertos valores ideológicos y biográficos apenas apuntados en los libros anteriores, precarias luces en el escenario desolado de una intimidad que sabe perdida de antemano cualquier nueva batalla contra el tiempo y la memoria. Así lo viene a mostrar la misma estructura cerrada del libro: “El lugar que las cosas desean” y “El lugar que las cosas encuentran”, partes primera y tercera, con tres poemas cada una, enmarcan en “Comercio interior”, la parte central, una nueva topografía de la conciencia que, entre los restos de una ambigua resistencia, desemboca en desierto y soledad: “Puede ser un desierto, / o el corazón tal vez”, se dice al concluir “Un paisaje”, el último poema del libro.
     […]


[El Mundo, El Cultural, Madrid, 24 de julio de 2003, pág. 12]


José Carlos Rosales y Francisco Díaz de Castro
(Granada, 1998)

51.- Palabras de Juan Carlos Rodríguez sobre "El horizonte" (Madrid, 2003).



     [...] Solitarios como una casa escondida, en ruinas, donde “sólo el agua se queda sin hacerse preguntas”. Solitarios como una habitación a solas (una bella paráfrasis de Gil de Biedma, dándole la vuelta), solitarios como el tiempo gastado o el tiempo roto. Si la única vida posible es aferrarse a las cosas, lo malo es esa continua oscilación entre el lugar que las cosas desean y el lugar que las cosas encuentran. ¿Cuál es el lugar que las cosas desean? Sin duda herirte, la herida de las cosas. ¿Cuál es el lugar que las cosas encuentran? Sin duda “viene a ser un desierto escondido”. Claro que hay variantes en ese encuentro: “puede ser un desierto / o el corazón tal vez”. Si este es el final del libro ¿qué existe en el medio? Ese comercio interior que es nuestra vida. Sobre todo el comercio con el bazar que es uno mismo. Yeats decía que de la lucha con los demás surge la retórica, pero que de la lucha con uno mismo surge la poesía.
     Poesía auténtica la de este magnífico libro de José Carlos Rosales que en cierto modo rompe los cristales distantes que a veces existían en sus otras obras. Aquí los cristales se abren, como una ventana, se rompen como brindis o en otros homenajes a la muerte (a través de César Vallejo) o al tiempo que siempre le ha acompañado (con más homenajes clásicos: “por no hacer mudanza en su costumbre” o “exceso de equipaje”). Y sobre todo un homenaje al amor (me gusta en especial el poema “Ojos que dicen cosas”, subtitulado “Samba”, que me recuerda el juego con el pie quebrado de la estrofa sáfico-adónica) o al dolor de su ausencia. Pero no tengo espacio para entrar en más detalles concretos de este libro: me basta su tristeza. No sé si cuando muy jóvenes –ellos más que yo– nos reuníamos “clandestinamente” José Carlos, Justo Navarro y yo (y enseguida los demás, Eduardo Castro, Juan Ferreras, Juan Vida o la librería de Rafael Juárez: todos ellos están en las Dedicatorias finales), nos reuníamos, digo, para saber elaborar pacientemente la realidad de la tristeza o la imposible asunción de la soledad. No se trataba sólo de cambiar el mundo sino de convencernos a nosotros mismos de que la vida existía y de que era posible aún enmarcada en una tristeza que entonces iba como en broma y ahora va completamente en serio (sin duda es éste uno de los mejores poemas del conjunto). Pero lo inesperado surge de pronto: tampoco sé si el poema situado en la contracubierta del libro (“Hoy, mañana”) está elegido por los editores o por el propio poeta. Pero su dialéctica temporal es ostensible. La dialéctica del tiempo que alguna vez señalé ya en José Carlos se desgarra ahora pese a la aparente –o muy real– presencia perdurable de lo quieto (hoy igual a mañana), algo que se desliza hasta la línea penúltima del poema: “la vida acaba sin que nada cambie”. Pero una dialéctica que de pronto nos sorprende y nos despierta: “el tiempo sigue, la tristeza engaña” [...].








[El fingidor (Granada), nº 19-20
(mayo-diciembre de 2003), págs. 62-63]




48.- Tres poemas sobre la huida.




TREINTA Y UNO DE MAYO, MARTES

Es fácil tropezar cuando se huye
camuflado en la bruma inacabable
de una vida sin vuelo ni rizada.

Es fácil tropezar y no apreciarlo
hasta un tiempo después: como la herida
que, de un golpe sutil bajo la ropa,
sangra sin que se note hasta que alcanza
a manchar en silencio la camisa.

De ese modo tropieza aquel que huye:
con la mirada atrás, sin hacer ruido.

[De El precio de los días, Sevilla, 1991]


LA INOCENCIA DEL MIEDO

Parecerás culpable cuando dudes,
cuando cierres los ojos, o no mires.

Parecerás culpable cuando corras
por las calles en medio del bullicio;
si te escondes temblando en la cuneta,
si tropiezas y caes, si te desmayas.

Nadie dará su mano a los caídos
cuando sean inocentes, cuando busquen
tranquilidad, distancia, desafío:
parecerán culpables cuando huyan.

[De El desierto, la arena, Sevilla, 2006]



SITUACIÓN CASUAL 

Esta mañana el cielo estaba sucio,
con poca luz, cerrado, y era invierno,
otra vez era invierno, volvió el frío
con su inútil retórica de niebla,
silencio o lejanía. Cada pájaro,
sorprendido, aguardaba no se sabe
qué giro o cambio, trasladarse lejos,
que el aire turbio se volviera limpio,
que se llevara el viento tanto daño.

Esta mañana el cielo estaba sucio,
todos sobrellevaban su mutismo
y nadie trajo un ápice de luz o de sosiego:
sólo nubes paralizadas,
pájaros invisibles imaginando huidas.

[De Y el aire de los mapas, Sevilla, 2014]



Imágenes de José Carlos Rosales (Granada, noviembre de 2016)


47.- Palabras de Juan Carlos Abril sobre la antología poética "Un paisaje" (Renacimiento, Sevilla, 2013)



(Juan Carlos Abril, reseña de Un paisaje, José Carlos Rosales; selección y prólogo de Erika Martínez)


      [...] Esta indagación estilística merecería sin duda un análisis más profundo, que dejamos emplazado para otra ocasión, aunque nos gustaría señalar, como una de sus principales características, que Rosales siempre ha manejado el verso de una manera formalmente ordenada, encauzando el discurso en los metros y ritmos tradicionales con soltura y naturalidad. El cambio al que aludimos opera precisamente ahí, en una vuelta de tuerca en esa naturalidad de la frase engarzada en los ritmos, en una apuesta mucho más decidida por la largura o sencillez —la discursividad— de la frase, que aparece cercana a la cotidianidad, y que se enmarca de manera precisa, sin fisuras, en la métrica clásica. Es una escritura en el agua, como dijera Joseph Brodsky, o marca de agua, la filigrana en el papel que da cuenta de la profundidad de la superficie: “Escribiendo en el agua de un lago ya perdido, / soportando borrascas y nieve y huracanes, / aparece la sombra de un buzo incorregible / con vidrios de tristeza que ponen sordo el día. / Entonces la mañana de un nunca desdeñado, / opaca y sigilosa, se retira sin pleito.” (p. 36, de “Al día siguiente”). 
    Quizá podríamos establecer una suerte de correlación estructural, ese grupo dinámico que configura siempre la forma y el contenido, con la alegría y la tristeza, como un eje dinámico que estructura los poemas de Rosales, un antes y un después que en El desierto, la arena tuvo su particular transición, representada en los poemas sobre el miedo, medulares en ese libro. 
    La poesía de José Carlos Rosales estaba matizada por el sesgo de la melancolía, la nostalgia, las amarguras y las interioridades de un camino sinuoso, como cuando dice en El horizonte: “Puede ser el desierto, / o el corazón tal vez” (p. 94, de “Un paisaje”, poema homónimo del libro que nos ocupa). La superación del miedo -en un ejercicio de valentía poética y vital- supone el punto de inflexión hacia otra etapa, otro momento en esta trayectoria ya de tres décadas y un puñado más que notable de poemas que los lectores de poesía en España agradecemos.
       [...]
[Periódico de Poesía, Universidad Nacional Autónoma de México, nº 74, noviembre de 2014] / [Ver más]